miércoles, 10 de abril de 2013

Peces payaso: hogar, letal hogar

La naturaleza es una fuente inagotable de hechos insólitos, o al menos eso nos parecen desde nuestra antropomórfica mirada. Y es precisamente en el mar donde más sorpresas nos encontramos.

Pez payasoTodos sabemos que las anémonas tropicales poseen tentáculos urticantes que son mortales para los seres de pequeño tamaño y aún para algunos no tan pequeños. Sin embargo, este inmóvil, pero temible depredador, es la vivienda de un género de peces de peculiar comportamiento que se han hecho famosos por su colorido y gran belleza y que conocemos por el nombre de peces payaso.
Pero, ¿cómo consiguen establecer su hogar con tal letal compañera sin salir dañados e incluso ocultar su puesta bajo ella?

Ejemplos de colaboración entre distintas especies los podemos encontrar a lo largo de toda la historia natural de nuestro planeta, pero es en el mar donde, sin duda, se dan en mayor número y donde pueden resultar más sorprendentes. La evolución ha hecho que los peces payaso (todos pertenecientes al género Amphiprion de la familia de los pomacéntridos, a la que también pertenece nuestra popular castañuela), consigan una peculiar adaptación para poder vivir dentro de lo que, para otros peces, sería el peor de los infiernos.

Un peculiar ciclo de vida.

Aunque, lógicamente, existan diferencias en función de la especie concreta de la que se trate (se cree que hay unas 30 en todo el mundo) los peces payaso presentan un ciclo de vida más o menos común. Normalmente una anémona está poblada por una pareja de peces adultos (un macho y una hembra) que puede estar acompañada de varios ejemplares de juveniles y subadultos. Cuando la hembra, normalmente la más grande, muere, el macho dominante cambia de sexo y se transforma en hembra, el macho subadulto más “antiguo” madura y “asciende” a macho dominante.

Pez PayasoSon muy territoriales con gran sentido de la propiedad defendiendo la anémona en la que viven con un celo, agresividad y valentía realmente asombrosos, llegando incluso a hacer frente a un submarinista que se acerque demasiado en su observación. Si aproximas la mano lentamente ¡te morderán en los dedos para que no estropees su hogar viviente!

En la reproducción también se muestran muy cuidadosos en todas y cada una de las fases, desde la elección del lugar depositando la puesta en un sustrato duro al amparo de los tentáculos del nidario, hasta la limpieza del sitio, retirando todo tipo de detritus. La puesta, una vez fertilizada, es vigilada por los padres que se ocupan de que ningún depredador se acerque, (si es que es capaz de burlar los tentáculos) y de mantenerlos bien ventilados a base de “soplar” agua, para mantenerlos oxigenados e impedir que las omnipresentes esporas de los hongos puedan establecerse en la limpia superficie de los huevos, arruinando la futura generación.
Una vez que eclosionan las diminutas larvas pasarán un tiempo formando parte del plancton para, después de una metamorfosis, ya transformados en ejemplares juveniles buscar una anémona que les sirva de vivienda.

Camuflaje químico.

Pero la gran pregunta ante el modo de vida de estos bellos animales (belleza que, por otra parte, les está poniendo en peligro en determinadas zonas por su captura abusiva para los acuarios), que desde hace tiempo venía intrigando a los estudiosos del mar, era la misma que se hace todo submarinista que los ve por primera vez: ¿Cómo se las arreglan estos peces para no solamente no ser dañados por la anémona, sino para poder vivir en ella la mayor parte de su tiempo e incluso hacer su puesta a su abrigo? La respuesta, como en otros asombrosos logros de la evolución, es tan fascinante como relativamente simple.

Pez PayasoPara entender el refinado mecanismo de adaptación de los payaso hemos primero de conocer, aunque sea someramente, como funcionan las células urticantes de la anémona ante otros seres. Estas células, llamadas cnidoblastos, consisten en una pequeñas cápsulas dentro de las cuales se encuentran enrollados unos filamentos terminados en un microscópico dardo, capaz de inocular una cierta cantidad de una sustancia ponzoñosa, que será más o menos tóxica en función de la especie. Estas capsulas permanecen cerradas en su estado normal manteniendo al filamento plegado como si de un resorte de caja de sorpresa se tratara. Cuando algo roza el exterior de la cápsula ésta se rompe y el filamento se dispara, clavándose en aquello que produjo el contacto, inyectándole el veneno. Cuantas más células se disparen más fuerte es la intoxicación de la victima.

Una pregunta que abrió el camino para averiguar el enigma de los peces payaso era por qué no se disparaban unos tentáculos a otros sus propias cápsulas, al fin y al cabo están todo el día rozándose entre ellos. Se descubrió que éstos segregan y se recubren de una sustancia mucosa inhibidora del reflejo de disparo, evitando así la autodestrucción del celentereo.

Pues bien, ese es el secreto de nuestros simpáticos amigos, ellos consiguen desde que llegan a la anémona recubrirse de ese mucus nadando entre los tentáculos de manera que, para los receptores del animal, solo son un tentáculo más, eso sí un tanto inquieto. La adaptación es total hasta el punto de que, recientemente, se ha descubierto que cuando efectúan la puesta, el macho coge con su boca uno de los urticantes brazos para rozarlo suavemente sobre su futura descendencia impregnándoles del camuflaje químico que les mantendrá a salvo de los temidos cnidoblastos.

Una vez más la vida nos demuestra como la evolución ha dotado a los seres de este planeta de los medios necesarios para sobrevivir en condiciones que, a primera vista, parecen inverosímiles  haciendo que para lo que a unos les resulta una trampa mortal, sea para otros el más confortable de los hogares.

Texto y fotografías de Manuel Gosálvez
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